Desde Cuba Hasta las Canchas de Futbol

La vida de Albertín Montoya cambió cuando su familia dejó Cuba por tierras estadounidenses. Desde entonces, ha dedicado su vida a su familia y al futbol. Ahora se esmera en regresarle algo al deporte que le dio tanto, y a fomentar el amor por el deporte en las jóvenes adolescentes que ahora dirige.

Si no hubiera sido por una decisión drástica de su padre, Albertín Montoya tal vez hubiera sido gimnasta.

El actual director técnico de la Selección Sub-17 Femenina de Estados Unidos no es corpulento ni muy alto, características evidentes desde que tenía 6 años, cuando buscadores de talentos del gobierno cubano fueron a la escuela que asistía el hijo único del profesor Alberto Montoya.

“Lo que hacen es venir a ver a los niños en la universidad en donde trabajaba mi papa y los pesan, toman sus medidas, ven quienes son sus padres y deciden muy temprano en qué deporte meterlos,” dijo Montoya. “Yo iba a ir a una escuela de gimnasia y solamente vería a mis padres un fin de semana cada mes y entrenaría allí desde los 6 años y esa iba a ser mi vida. Sólo recuerdo eso cada vez que veo la gimnasia en las Olimpiadas.”

Alberto, padre de Albertín, quería que a su hijo lo escogieran para ser atleta, porque en la pequeña isla comunista, se cuida bien a los atletas. Pero antes de tener la oportunidad de ser escogido y llevado a otra ciudad a una concentración lejos de su familia, su padre tomó la decisión que cambiaría el rumbo de su futuro: escapar con su familia a Estados Unidos.

A pesar de ser profesor en una universidad cubana y tener todo lo necesario para mantener a su familia, Alberto podía ver por qué sendero conducía el gobierno cubano. No obstante un acuerdo entre Fidel Castro y el entonces presidente de EE.UU. Jimmy Carter que según había abierto las puertas a los cubanos que quisieran salir de Cuba en 1980, era difícil para una familia conseguir el permiso requerido. Montoya, hijo, duró una semana y media escondiéndose de casa en casa con su madre, eventualmente reuniéndose con su padre y su abuelo, quien había salido de Cuba en los años 1970 y quien rentó un pequeño barco para traer a su hijo y su familia de Cuba.

Al momento de partir, siete ex prisioneros se brincaron al barco de golpe, uniéndose a la familia Montoya en su travesía hacia la libertad en medio de una tormenta. El pequeño bote llegó a la Florida de milagro, cuenta Montoya, cuyos recuerdos incluyen mantenerse agarrado del barco mientras volaba en el aire, impulsado por grandes olas en una tempestad violenta.

Después de completar el papeleo, la familia Montoya se fue a vivir al área de la Bahía de San Francisco en el norte de California. Allí, empezaron a aprender inglés y se incorporaron a la vida americana. Montoya, padre, se esmeró por pasar tiempo con su hijo, ayudándole a incorporarse a un país, un estilo de vida y una cultura ajena a la que conocían.

“Creo que este país fue algo muy bueno para nosotros aunque en un principio fue difícil,” dijo Montoya. “[Mi papá] sabía los oportunidades que había y las cosas que posiblemente nunca podría tener en Cuba. Estábamos muy orgullosos. Nos consideramos americanos inmediatamente…Tratamos de hablar el idioma y no hablar tanto en inglés en casa, siempre practicábamos. Sólo hablábamos en español con mi abuelita porque ella realmente nunca cambió.”

Montoya recuerda lo difícil que era para su padre conseguir un trabajo sin hablar inglés. También recuerda que todos los empleos de su padre empezaban temprano para que pudiera salir temprano y estar con él cuando saliera de la escuela. Fue Montoya, padre, quien le enseño a su hijo a jugar futbol, y quien fomentó en Montoya, hijo, el amor por el deporte.

“Yo tenía una pasión por el deporte porque él me lo enseñó,” dijo Montoya. “Después me enamoré del futbol y pasaba todo mi tiempo con el balón y trabajando duro, y en mis estudios. Todo vino de él y de mi mamá, pero casi más de él porque hizo todo lo posible para asegurarse de que yo tuviera opciones.”

Éste le pagó a su padre todo su sacrificio siendo el mejor futbolista que podía ser. Representó a su país con la Selección Sub-17 Masculina de Estados Unidos en la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA 1991 en Italia. Luego formó parte del equipo Sub-21 de EE.UU. y llegó a formar parte de la selección olímpica. En 1997, fue escogido en el draft de Major League Soccer y jugó una temporada con San José Clash antes de que una lesión de la rodilla lo marginara de la actividad profesional.

Pero Montoya no dejó el futbol, dejando atrás el papel de jugador para convertirse en uno de los directores técnicos más respetados en Estados Unidos. Por medio de Montoya Soccer Academy, Montoya ha dirigido a varias jugadoras que han pasado por selecciones de EE.UU. También fue auxiliar técnico de los San José CyberRays de la WUSA y dirigió a FC Gold Pride al campeonato de la WPS en el 2010.

Ahora, se encuentra al mando de la Selección Sub-17 Femenina, intentando guiar al equipo por los mismos pasos que él siguió hace 20 años.

La pasión por el futbol fue algo que Montoya aprendió de su padre y realmente no piensa mucho en lo que hubiera sido de su vida en Cuba. En lo que sí piensa es en las puertas que se abrieron al crecer y jugar en Estados Unidos, y sobre todo las posibilidades que existen para estas jóvenes atletas.

El trabajo de Montoya consiste en no solamente encontrar los mejores talentos en este enorme país, sino también en convertirlas en un equipo cohesivo que pueda competir en la eliminatoria de la CONCACAF y eventualmente en la Copa Mundial Sub-17 de la FIFA en el otoño del 2012.

Y encima de eso, también debe ayudar a las jugadoras entender el compromiso requerido para jugar con la selección estadounidense y mantener el balance de sus vidas, haciendo sus deberes y manteniendo buenas calificaciones.

“Son jóvenes pero esa edad es cuando yo entré a la selección,” dijo Montoya. “Era la Copa Mundial Sub-17… Todos dicen que quieren jugar en los Juegos Olímpicos o en la Copa Mundial o con la selección pero realmente la persona que lo logra es la que se compromete y escoge ese estilo de vida. Se hacen muchos sacrificios pero no los veo necesariamente como un sacrificio se es algo que te apasiona y que amas. Es una decisión que tomas sobre tu manera de vivir y eso es algo que intento que entiendan las jugadores.”

Es una tarea difícil, pero un reto que enfrenta con pasión y entusiasmo.

Y al fin de cuentas, no es más difícil que enfrentar el furor del mar a los seis años. Después de aprender a hablar inglés y adaptarse a un país extraño, aprender el idioma de adolescentes es pan comido.

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